Caminando por las nubes

De Tilcara a San Francisco (Jujuy – Argentina)

Maimará, Jujuy, Argentina.

Miércoles 08 de mayo de 2013

A la mañana

Ayer partimos de San Salvador de Jujuy, luego de diecisiete días en los cuales aprovechamos para recorrer la ciudad, andar un poco en bici –sin alforjas– pasear en vehículo por los alrededores de la ciudad (dique La Ciénaga, Tiraxi hasta Tilquiza y las Lagunas de Yala) y sobre todo comer los ricos platos de mi madre. Engordados y descansados de la travesía en bicicleta, llegó el momento de continuar el viaje por Latinoamérica.

Nos despedimos de mi madre, mis hermanas y mis cuñados. Entre recomendaciones de cuidados, fotos y algunas lágrimas que soltaron mis hermanas y mi madre, emprendimos el viaje a dedo. Alrededor del mediodía, mi madre nos dejó en la ruta. Poco más de una hora y media –la cual pasó volado gracias al encuentro de un señor, Lalo, quien nos entretuvo con sus preguntas y consejos– tuvo que pasar para que pare el primer vehículo, primero de quien sabe cuántos. El joven conductor nos dejó en la entrada de Purmamarca, lugar por el cual pasaría para ir a una salina en el límite con Salta. Iba a arreglar las calderas de una mina de litio. De vuelta en la ruta, solo veinte minutos pasaron para que nos levante un camioncito, de esos refrigerados, que llevaba carne a La Quiaca. Nos dejó en el cementerio de Maimará, por donde se ingresa al pueblo.

Llegados a la casa de mi amigo Guille, hoy convertida en hostal, nos recibió Patón, el encargado y hermano de Nico, otro gran amigo de la infancia. En la casa, refaccionada y adaptada para su nuevo fin, recordé aquellos carnavales y vacaciones entre amigos en que nos supo albergar. Muchas historias encierran sus paredes de adobe, historias de mucha gente, de mi grupo de amigos, varias.

Hoy amanecimos relajados. Nos levantamos cuando no tuvimos más sueño, luego de la primera noche fría en mucho tiempo.

 

Potosí, Bolivia.

Jueves 20 de junio de 2013.

A la tarde. Sentados en la plaza principal, mientras Caro, el día de su cumpleaños, dibuja una de las tantas iglesias de la ciudad.

Hace catorce o quince años, Mario, otro gran amigo, me contó de la caminata. En esa oportunidad la organizaba una profesora de su colegio. Cuando volvió, quedé maravillado al oírlo y más aún al ver las fotos que había sacado. Partir de la Quebrada de Humahuaca, con su clima seco y árido, hacia las yungas húmedas y calurosas. La transición, los paisajes, todo me llamaba la atención de esa espectacular travesía donde uno camina por arriba de las nubes, hasta que se zambulle en ellas para encontrar, debajo de su húmedo manto, la exuberante vegetación yungueña.

Al poco tiempo, enterado de que su colegio organizaba otra expedición, le pedí que consultara a su profesora si podría ir un alumno de otro colegio: yo. Sufrí mi primera decepción, en cuanto a la travesía, tras la negativa de aquella.

La segunda fue años después. Era enero y estábamos de vacaciones. Ya estudiábamos en la universidad, por lo que era la única oportunidad en que podría reunir a mis amigos que llegaban a Jujuy desde Córdoba, Buenos Aires o Tucumán. Pude juntar a tres, aparte de mí: el Enano, Edu y Galli. Un día antes de salir, Rodrigo (Galli), otro de esos hermanos de la vida que quiero mucho, aunque ese día fue la excepción, me llamó por teléfono informándome de un supuesto malestar estomacal que le impedía acompañarnos. Ya teníamos las compras de mercadería hechas y casi todo preparado, lo único que faltaba era algo más que importante: información sobre cómo era el camino. Sabía que era muy transitado y el número del grupo me animaba a que nos aventuremos sin conocerlo. Pero sólo tres, me pareció imprudente. Entonces la tercera sería la vencida.

Por su parte, Caro, había sabido de las yungas cuando preparaba su tesis de grado. Estudiando se sorprendió de la existencia de este clima exuberante en la provincia de Jujuy. Cuando, años antes, visitó la Quebrada de Humahuaca, no se imaginó que detrás de aquellos cerros coloridos las yungas latían esperándola.

 

DIA 1

Luego de tres días en Maimará, emprendimos la añorada caminata. Un taxi nos trajo a Tilcara y desde aquí empezó la travesía.

El sol brilla pleno, sin obstáculos. El cielo azul se acerca a medida que caminamos. El camino en subida, siempre en subida. Andamos silenciosos, sin aliento ni ganas para hablar, estamos sumergidos en el camino. Yo marcho adelante, Caro pocos metros detrás. El fuerte sol sobre nosotros y la falta de oxígeno a medida que subimos, nos obligan a fuertes y repetidas inspiraciones. Nuestro pulso aumenta, es más rápido y fuerte, casi ensordecedor. Al caminar, lo único que escucho –además del latir de mi corazón– es mí esforzada respiración y las pisadas en el suelo pedregoso; el chirriar de la mochila, completa el rítmico sonido que me acompaña. Estamos como en trance, deslumbrados por el paisaje, bajo los efectos del calor y la falta de oxígeno.

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Llevamos casi una hora caminando y todavía no llegamos a la Garganta del Diablo. El excesivo peso de nuestras mochilas también se hace notar. En estas condiciones, las paradas a descansar son frecuentes, retardando el objetivo de este primer día: Aguadita.

A muestras espaldas, la majestuosa Quebrada de Humahuaca rodeada por imponentes cerros multicolores. Se la observa llegar desde el norte junto al Río Grande, para perderse junto a este por el sur, más allá de Maimará. Nuestra dirección es oeste-este en ascenso, por eso, a medida que subimos, vemos, cada vez más claramente, ese valle alargado que se abre entre los cerros.

Acabamos de pasar la Garganta del Diablo, sólo la vimos desde arriba, ahora estamos llegando a la entrada de Casa Colorada. Todavía nos queda un largo trecho. Aguadita es un refugio que consiste en algunas construcciones de piedra, sin techos, puertas, ni ventanas, como a un kilómetro del hotel de Casa Colorada. Para un lugareño seria media hora, para nosotros seguro que algo más.

Son las tres de la tarde y estamos abatidos. Hace cinco horas que partimos y recién estamos en el ranchito colorado que le da nombre a la finca. Bajo la sombra que este proyecta, descansamos y tomamos un poco de agua. En nuestros rostros se ve el sol, las mochilas se sienten en nuestros hombros.

Lo que parece cerca se aleja, llevándonos poco más de una hora llegar al hotel. Allí nos recargan las botellas de agua, casi vacías, y nos comentan que esta mañana partió desde este mismo lugar una gran cabalgata de alrededor de veinte jinetes. También nos informan de la cercanía de Aguadita y dicen, que al día siguiente, caminando de cuatro a seis horas, llegaríamos a Waira Wasy.

Un poco más contentos por la supuesta cercanía de nuestro destino, partimos en su búsqueda. Camino al refugio nos topamos con un paisano que viene bajando. Le preguntamos por Aguadita y nos responde que estamos cerca, como a medio hora, dice. Esperábamos el famoso: “ahícito nomas”, pero esta vez no llega. Cuando el paisano retoma su marcha, Caro le pregunta por la ramita que acaba de tomar de un arbusto. Le contesta que es muña, pero cuando Caro vuelve a interrogarlo por los usos del arbusto, parte apresurado, capaz incomodado por la pregunta. Solo responde “para la puna”. Pienso que le debe haber dado pudor el otro uso de la hierba, por el que es más conocido el yuyo del amor.

Desde que nos dijeron que estábamos a media hora de nuestro destino, ya pasaron casi cuarenta minutos y no llegamos a nada parecido al refugio. A lo lejos, acercándose a nosotros, bajan un hombre y una mujer. Es increíble la destreza con la que ambos se mueven por el camino. La señora –una mujer mayor– salta de piedra en piedra como una cabra. Con cada salto, su pollera se hincha embolsada por el aire. Asombrada por la agilidad de estos dos lugareños, Caro saca la cámara de fotos para capturar el momento. Cuando, ya próximos, ambos la increpan, desiste angustiada por el reto, borrando el par de instantáneas tomadas. Fue algo inocente, sin ánimos de ofenderlos, pero se entiende la molestia de ser fotografiados tantas veces por extraños que, además, no les piden permiso.

El sol está cerca de esconderse detrás de los cerros y nosotros todavía no llegamos. Mientras nos preocupamos por llegar de día, aparecen, luego de una curva, a poco más de cien metros, unas precarias y ruinosas construcciones de piedra, que alguna vez supieron ser viviendas y hoy son excelentes refugios para todos aquellos que transitan por el lugar.

Antes de acampar, con los últimos rayos del día, observamos a lo lejos y desde arriba, la Quebrada de Humahuaca teñida de naranja por el cielo crepuscular. Este majestuoso momento corona la primera jornada de travesía.

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Sin las mochilas que nos presionen contra el suelo, caminamos livianos, como astronautas saltando por la luna, en busca de agua que no encontramos. Decidimos racionar para la cena lo que nos queda. Mañana buscaremos el lugar que da nombre a esta parada para recargar las botellas.

Con el día apagándose armamos la carpa y, ya de noche, cocinamos. La cena: arroz pasada, pegoteada y, en estos momentos, riquísima.

Tendidos en la carpa, dentro de nuestras bolsas de dormir, sentimos en el cuerpo el frío de la noche. El cansancio del día nos ayuda a dormir.

DIA 2

La luz del sol comienza a reflejarse en la cima de los cerros más altos. Otro día comienza. Luego de un apresurado aseo personal, por la escasa agua que nos queda, vamos en busca del arroyo de Aguadita

En realidad, Caro lo encontró hace un rato, gracias a las indicaciones de un paisano que pasaba. Ahora vamos a cargar las botellas. El arroyo es una pequeña vertiente que nace en una quebradita metida entre dos cerros. El sol llegará a estas zonas recién al mediodía. Agitando las manos, quemadas por el agua helada que las acarició, subimos en dirección a la carpa para desayunar y levantar el campamento.

Son como las diez de la mañana, hoy deberíamos llegar a Waira Wasy (La Casa del Viento). Estamos, según suponemos, cerca del puente de piedra camino a Abra de la Laguna. Arrancamos sin destino cierto, no sabemos si llegaremos hoy al propuesto, pero nos tranquiliza no tener problemas de acampar donde nos caiga la noche.

Observados por el cerro Amarillo, a nuestra derecha y, a lo lejos, por la punta del cerro Chañi, subimos lenta y pesadamente el, cada vez más, empinado camino.

Un extraño ruido de motores interrumpe el silencio casi absoluto que nos rodea. Son seis motos súper equipadas que se nos adelantan escandalosamente. Al cabo de quince minutos vemos, diminuto a lo lejos, al último de estos jinetes modernos, remontando el serpenteante camino.

Tardamos menos de lo esperado en llegar al puente. Allí descansamos un rato y recargamos las botellas de un líquido frío, puro y cristalino. El día viene bien, más tranquilo que ayer.

Estamos en el Abra de la Laguna, no hay cerros de altura a nuestro alrededor. Es el punto más alto de toda la travesía, por encima de los 4.000 m.s.n.m. La posición del sol indica el medio día, justo cuando pasamos por una especie de parador. Los restos de comida y la gran cantidad de basura –bolsas y latas- nos lo indican. Paramos para comer algo.

Fortalecidos por el alimento, continuamos nuestra marcha por la planicie del abra. Al costado del camino, paralelo a nosotros pero bajando, corre un pequeño cauce de agua clara con rumbo a Tilcara. Cuando nuestro camino se cruza con el angosto cauce, que luego de una curva toma un sentido distinto al nuestro, decidimos cargar agua. Busco el termo en el bolsillo externo de la mochila y me doy con que no está. ¡Lo olvidé cuando paramos a comer! Como treinta minutos nos separan de aquel punto. Le digo a Caro que me espere, sin mochila voy y vuelvo más rápido, pienso. Apenas me pongo en marcha hacia el lugar donde supongo que me espera el termo, frente a mí, un joven se acerca lentamente. Tendrá veinti… tantos años. Está trepado en una mula, detrás suyo, dos burros cargados con mercadería. Lo veo e inmediatamente pienso que debe haber visto, cuando pasó por el parador, el brillante termo entre las piedras. Cuando la distancia lo permite me pregunta, adivinando mi pensamiento, si me olvidé algo. Cuando le respondo que sí, que dejé el termo en el parador, saca de una de sus hermosas alforjas de flores grandes y coloridas, bordadas a mano, el pequeño cilindro plateado. Me comenta que desde hace un rato nos veía desde abajo subir lentamente y, que cuando encontró el termo, se propuso encontrarnos más arriba. Sube en dirección al Durazno, el camino contrario al que tenemos que tomar cuando se bifurque el sendero. Su providencial encuentro no solo nos devolvió el termo, sino que también nos permite hacerle varias preguntas sobre el camino y los puntos en los cuales podremos pasar la noche y cargar agua. Se baja de la mula y nos acompaña a pie hacia el cruce, donde tomaremos caminos opuestos.

Repentinamente el clima ha cambiado, ya no brilla el sol a nuestro alrededor, sino que son las nubes y el viento nuestro nuevo entorno. Una leve pendiente nos permite ir en bajada y un poco más rápido. Nuestro acompañante nos comenta que en esa zona el viento a veces no deja que uno avance si quiera. La visibilidad es limitada. Nos movemos dentro de las húmedas nubes que nos mojan y nublan la visión, no pudiendo ver más allá de los burros del paisano, que toman la delantera a pocos metros.

Un improvisado cartel –una piedra pintada, con flechas que indican direcciones contrarias- nos anuncia el desvío. El joven nos indica -justo en frente del desvío- un pequeño ranchito, que recién será habitado nuevamente en agosto. Allí tendremos techo para pasar la noche, nos dice. Ya esta entrada la tarde y se apresura porque todavía le queda mucho camino por recorrer. Su nombre es Martín, nos dice al despedirse. Nos saludamos y parte. Vamos en busca del rancho. El lugar se llama Puesto Ventura. Solo nos separan cien metros desde el cruce de los caminos, pero las nubes no nos permiten verlo desde allí, si no fuese por el tocayo, se nos habría pasado de largo.

Cruzamos un pequeño arroyo para llegar al ranchito. La construcción es de piedra, compuesta por tres habitaciones pequeñas: una cerrada con candado, que indica ser habitada en algún momento; otra abierta, pegada a la primera, llena de paja y pellones de oveja por el suelo. La tercera es una pequeña cocina frente a las otras dos. Ingresamos a la que está sin candado y armamos la carpa en su interior, sobre la paja y las pieles de oveja. Restos de paquetes de mercaderías y latas de conservas, indican que el lugar suele ser usado de refugio por los caminantes que transitan este camino.

Al reparo del frío viento nos disponemos a cocinar. Las piedras y la caña del techo crean una atmosfera que nos hace volver en el tiempo, a épocas donde así se vivía, en rústicas construcciones, sin electricidad ni otros supuestos lujos modernos.

Dentro de la carpa, el frío, aunque algo diezmado, también se hace sentir. Caro es quien más lo sufre. Sus pies, que no encuentran una cómoda temperatura, no la dejan dormir. Yo, en cambio, logro, gracias al mucho abrigo que llevo encima, una calidez que me relaja y me ayuda a encontrar el sueño. Afuera de la carpa, pero dentro del refugio, un chillido acompañado de pequeños pasos, interrumpen el silencio frío en el que estamos inmersos. Ante más chillidos y ruidos de las latas y cosas que quedaron en la improvisada cocina, dentro de la habitación, nos esforzamos por no darle rienda suelta a la imaginación, concentrándonos en la más probable de las posibilidades: una rata, o varias. En estas zonas abundan las historias de seres mágicos: duendes, ukumarus, etc. Los ruidos nos acompañan toda la noche, para callarlos solo damos pequeños golpes a la carpa y, de vez en cuando, asomamos la cabeza, aunque sin lograr ver nada.

La noche está llegando a su fin -yo he podido dormir algo, aunque Caro no tanto- cuando por la puerta se asoma una luz potente y blanca que se dirige hacia nosotros. Movediza, como buscando algo, nos hace abrir sorpresivamente los ojos somnolientos. Yo reacciono, sin salir de la carpa, preguntando quien anda ahí. ¡Policía! nos contestan, repreguntándonos cuantos éramos y cuándo habíamos salido. Son de la policía de Humahuaca. Nos comentan que hubo un accidentado dentro de la gente que partió de cabalgata ayer y que iban a auxiliarlos. Dicho esto se despiden.

DIA 3

Luego de la visita de los policías, a quienes no les vimos la cara, empezamos a levantarnos. El día recién está aclarando, todavía no se asoma el sol. Me cambio y salgo del refugio en busca de un baño para mis primeras necesidades del día. A cincuenta metros, tres policías, uniformados de azul, desayunan al reparo de un corral de piedras. Más a lo lejos, detrás de ellos, un colchón de nubes blancas como horizonte, atravesado por los picos de algunas montañas. Todavía hace frío, sobre todo que se está despejando. Luego de mis necesidades matutinas entro al refugio para contarle a Caro del impactante paisaje que se observa a lo lejos.

En pocos minutos los policías terminan su desayuno, apagan el fuego y parten hacia su destino. Nosotros nos disponemos a lo propio, mientras el sol, ya arriba nuestro, empieza a calentar. Entre el refugio y el arroyo donde vamos a buscar agua, Caro avista como cinco pequeñas lauchas, confirmando las sospechas de anoche. Desayunamos y armamos las mochilas al sol. Ya no hace tanto frío pero el viento helado todavía sopla haciéndose sentir y obligándonos a conservar nuestros abrigos. Hoy tenemos que llegar a Waira Wasy, desde allí veremos si continuamos para la escuela de Molulo o acampamos en la Casa del Viento.

El camino empieza mezclándose con el arroyo. En su superficie, grandes bloques de hielo, testimonian el frío de anoche. Por el camino se observan las huellas de los policías. Zigzagueando por el arroyo el sendero se incrusta en uno de los cerros a su margen. Los primeros diez metros -del arroyo al cerro- se han desmoronado, por lo que continuamos un poco más adelante en busca de un camino alternativo que se una con el principal. Al no encontrarlo, volvemos al lugar del desmoronamiento y trepamos como podemos. El camino es tranquilo, inicialmente subimos un poco pero ahora es llano con algunas pequeñas bajadas. Se nota que estamos altos al ver el mar de nubes debajo nuestro.

No pasa mucho tiempo para que se divise Waira Wasy. Pero de ver el caserío, a llegar a este, puede pasar algún tiempito. Por estas zonas la tierra ha ido tomando un color rojizo. La vegetación también ha ido mutando, se nota que ya no estamos en el pastizal de altura, clima propio de la Quebrada. El mágico y esponjoso colchón blanco, indica que por debajo suyo hay más humedad y con ello mayor vegetación. Nos encontramos en una zona de transición entre el seco y alto pastizal -por el que veníamos caminando hasta ayer- y la parte más alta de las yungas.

Desde que vimos a lo lejos el caserío de Waira Wasy, hasta que llegamos a él, tardamos como dos horas. Tuvimos que tomar algunos desvíos del camino original que se desmoronaron, vaya a saber cuándo. Nos dirigimos a una casa donde vimos una mujer para preguntarle si tiene algo de comer y a cuanto estaremos de Molulo. La mujer, de pocas palabras, nos dice tranquilamente que no tiene nada para comer y que no conoce el camino, pero nos da un número aproximado de horas para que lleguemos, cinco o seis, dice. Siempre que preguntamos por la distancia, les advertimos a nuestros interlocutores locales, nuestra calidad de visitantes no acostumbrados a estos lugares. Aunque estos ya lo saben, siempre nos indican la distancia como si fuésemos ellos, tardando nosotros, generalmente, el doble del tiempo indicado.

Decidimos seguir para Molulo. En el río, paramos unos minutos para comer una chirimoya que teníamos y tomar un poco del agua fresca que corre bajando de los cerros. Nuestra comida es escasa, nos queda un poco de arroz, fideo, unas galletas de agua y una lata de atún. Las previsiones fallaron, tendríamos que haber traído comida que no necesite cocción, ya que cocinar nos demora y a la noche, luego de una larga caminata, no nos dan muchas ganas de cocinar.

Luego de nuestro breve almuerzo, continuamos la marcha hacia la escuela de Molulo. Pasando el río de Waira Wasy, el camino vuelve a subir -siempre zigzagueando- y trepa por un cerro, perdiéndose detrás de este. Hacia allí nos dirigimos. A medida que subimos, la tierra se vuelve aún más colorada y el cielo se cubre por nubes ligeras que se mueven a gran velocidad. Los rayos del sol son intermitentes, solo nos alumbran cuando logran esquivar las nubes pasajeras. Otra vez, luego de un día tranquilo, la jornada se vuelve más dura.

Ya se sienten la carga de los días de caminata en todo el cuerpo. No conocer las distancias nos hace estar expectantes todo el tiempo, pensando que detrás de alguno de los cerros que trepamos estará nuestro destino, sobre todo cuando ya cumplimos con las horas que supuestamente nos separaban de este. Así, andamos y andamos, solo interrumpe nuestra marcha los breves, pero repetidos descansos que nos pide el cuerpo.

Los paisajes a nuestro alrededor son espectaculares. El colchón de nubes que rodea a los cerros, se mueve con el constante viento mientras su blancura resalta por el sol pálido de la tarde. Es como un mar vivo, espumoso, que se mueve con el viento. A las paradas a descansar se suman las destinadas a tomar fotos del impactante entorno.

El camino ya no sube, hay una que otra leve pendiente pero, por lo general, tiende a bajar. Estas bajadas, si bien no muy empinadas, resultan más agotadoras que las subidas en las que sufríamos tanto. Frenando el cuerpo para no pasar de largo, las pesadas mochilas se sienten en nuestras piernas y rodillas, sobre todo en las de Caro.

Llevamos cinco horas de caminar y suponemos recién estar a mitad de camino. El mapa que llevamos nos indica una laguna como el punto medio. Estamos pasando por esta y Caro ya no soporta el dolor de rodillas. Paramos unos minutos para que se vende, pensamos que se atenuará su dolor.

La tarde ya está llegando a su fin y su claridad empieza a abandonarnos. El paisaje es cada vez más verde y la tierra más colorada. El dolor de Caro nos hace ir cada vez más lentos. El camino no es muy exigente, por lo general es plano con pocas subidas y alguna bajada. Es nuestro cuerpo cansado el principal obstáculo para seguir.

Las huellas de las botas de los policías que nos despertaron a la madrugada, indican que nuestro camino es correcto, también se dirigían a Molulo. Seguirlas, cada vez se complica más por la falta de luz.

Es de noche. Creemos estar cerca por las horas que llevamos en el camino, pero nada confirma nuestra intuición. A la ausencia de luz solar se suma una neblina fantasmal que dificulta aún más nuestra visión, tiñendo todo de incertidumbre. Apenas podemos ver a dos metros por delante nuestro. Ignoramos lo que ocurre a los costados del camino, solo nos esforzamos por seguir su huella, o adivinarla.

Andamos en silencio aguantando la inquietud y evitando contagiar al otro el mínimo signo que desencadene la desesperación. Caro ya no se queja de sus dolores, sus sentidos se concentran en encontrar nuestro destino: la escuela de Molulo.

Llevamos una hora caminando en la oscuridad. Rastreando el camino, encontramos el cementerio, cerca de este tiene que estar la escuela. Nos alegramos y aliviamos del fin, cada vez más próximo, de esta larga y dura jornada. Relajados nos confesamos nuestros temores recientes y la preocupación de no llegar a la escuela o de estar perdidos. Mientras tanto buscamos el camino a la escuelita. Esta tiene que estar bajando el cerro por donde andamos. Mientras buscamos nos vamos alejando del cementerio, sin resultados positivos, ningún sendero que baje por el cerro. De pronto, escuchamos gritos de niños y una campanada que suben desde la oscuridad. En esa dirección empezamos a gritar preguntando por el camino para bajar hacia allí. No obtenemos respuesta alguna, ignoramos la distancia que nos separa de aquellas señales.

Avanzamos buscando algún camino, sin encontrarlo. Nos hemos alejado bastante del cementerio y de los gritos de los niños. La desesperación que nos rondaba hace instantes y aguantábamos contenida en nuestro ser, sin darle cabida, empieza a colarse por nuestros nervios. Yo quiero seguir por el camino, pensando que encontraremos un desvío hacia la escuela más adelante. Caro quiere parar, buscar algún lugar para acampar. Dice estar muy cansada para seguir. Nerviosos, con los cuerpos húmedos de tanto caminar, en medio de lo desconocido e invisible, con la temperatura en constante descenso, ya no buscamos consensuar. Yo quiero seguir y ella quiere parar.

Decido avanzar sólo, un poco más, mientras ella espera a un costado del camino. Sin mochila avanzo un poco más rápido. Más allá de una que otra curva, el camino sigue igual. Vuelvo con Caro y decidimos acampar, cansados y molestos. La contrariedad nos envuelve en un silencio sombrío. De mala gana armamos la carpa en el único lugar plano que encontramos: el mismísimo sendero. A nuestros costados, precipicios invisibles esperan ser descubiertos mañana por la mañana.

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DIA 4

Después de haber dormido profundamente y repuesto, un poco, las fuerzas que dejamos ayer en el camino, esperamos que aclare, para terminar de abrir los ojos y salir de la carpa. Como ya dije, esta está armada sobre el angosto camino. De un lado, se eleva la cima de un cerro de unos doscientos metros; del otro, un precipicio no muy empinado, pero sí muy extenso, si nos cayésemos por ahí rodaríamos largos minutos hasta detenernos. El cielo está despejado y los primeros rayos del sol iluminan hacia el precipicio. Por aquella parte hemos estado viniendo, desde el oeste. Podemos ver, a lo lejos, grandes cerros amarillentos despertándose con la luz del sol. Nosotros estamos bajo la sombra del cerro que nos tapa el amanecer, el naciente, el este. Decido recorrer un poco el camino que anduve anoche y por el que volví, al no tener señales de la escuela. Son solo trescientos metros los que camino para darle la vuelta al cerro. Del otro lado, se observa el este y la mayor vegetación de los cerros hacia ese punto; millones de kilómetros más lejos… el sol calentando y despertando a toda la naturaleza circundante. Desde aquí, observo el camino hacia la escuela y a esta sobresalir de entre una tupida quebradita. De noche era invisible, ahora la observo callado, a solo unos pocos kilómetros de distancia.

Camino hacia la escuela de Molulo, nos detenemos unos minutos sobre la ladera de un cerro, a calentarnos con el sol. En silencio nuestra mirada recorre todo el entorno. No sé qué piensa Caro, pero intuyo que es lo mismo que yo, o parecido: en nuestros angustiosos pasos ciegos de anoche, por este paisaje hoy tan palpable.

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Después de veinte minutos llegamos a la escuela. Unas cuantas construcciones –con un patio interno- donde se observan dormitorios, aulas, un comedor, una pequeña cocina y los baños, componen la escuelita.

Evidentemente el movimiento no es el habitual. Decenas de policías y bomberos uniformados, juegan a la pelota en el patio. Otros hombres, también ajenos a la escuela, van y vienen, algo nerviosos, entrando y saliendo por las habitaciones. En este contexto aparecemos nosotros y nuestras inmensas mochilas. Le preguntamos a uno de los policía por la directora y, luego de que nos la indica, nos dirigimos hacia ella. Claramente no se ha percatado de nuestra presencia. Amablemente se disculpa por la situación –como si fuese responsable- ofreciéndonos la escuela para que pasemos la noche, y la cocina para pasar a tomar algo.

Aquellos hombres de rostros nerviosos, se distienden al relojearnos. Uno, el mayor, se acerca curioso a interrogarnos por la caminata. Son un grupo de seis, de un total de quince, el resto ya partió. Son casi todos de Buenos Aires. Están aquí por la situación por la que se disculpaba la directora: el accidente de uno del grupo.

Hace dos días, llegando a Molulo, uno de los jinetes rodó varios metros –como ciento cincuenta, según sus propios compañeros- por un barranco, luego de que su caballo sea empujado por otro, cargado de mercadería. El caballo del jinete murió y este quedó bastante golpeado.

Están nerviosos porque no logran acordar con la gente que debería trasladar al herido, la llegada del helicóptero. Conectados a la radio constantemente, al igual que pendientes del herido y de los tubos de oxígeno que se acaban, van y vienen, de una habitación a la otra. Sus vestimentas y movimientos, me hacen intuir su inexperiencia en estas travesías. Más allá de la soberbia con la que el hombre mayor se expresó sobre su vasta experiencia, el accidente indica lo contrario. Sus caballos son hermosos como gigantes. Son casi tan altos como elefantes, e igual de inútiles como estos, para caminos de altura. Hubiese sido mejor que cabalguen en las humildes mulitas que usan los paisanos por aquí.

Mientras tomamos un té con las últimas galletas que nos quedan, al lado nuestro, leudan varios panes. Unos metros más allá, chisporrotean las leñas humeantes en el horno de barro.

Ya es medio día y mientras nos calentamos al sol, observamos el movimiento de la escuela: el comedor empieza a prepararse. Tenemos bastante hambre, el modesto desayuno no nos sació. Anoche comimos la última lata de atún que quedaba. Hemos previsto mal las provisiones. La invitación a comer es muy bien recibida.

No sé si es el hambre o si realmente la comida es deliciosa, capaz un poco de ambas cosas. El menú es un guiso de arroz con cordero. El arroz está a punto, lo cubre una salcita de tomate con papas –con todo el gusto de la papa andina- cebollas y carne que se deshilacha por la cocción de largas horas. Todo tiene el gusto ahumado de la cocina a leña, lo que hace al plato, aún, más delicioso.

Dos o tres grupos de personas ya visitaron el comedor. Debemos ser como treinta o cuarenta en la escuela, entre niños y adultos.

El comedor se vació y todos vuelven a sus actividades: los jinetes a las tratativas para hacer venir al helicóptero, los policías y bomberos a esperar, las mujeres a meter la masa en el horno de barro, nosotros a observarlos a todos.

Entre todo este bullicio, aparece un paisano trayendo una vaca. En un rincón del patio la amarra y le tapa los ojos. Algunas de las mujeres, como practicando una coreografía largamente ensayada, se acercan con ollas y cuchillos, mientras el hombre saca filo al suyo en una piedra. Todos están listos: las mujeres sostienen las ollas con ambas manos y un grupo de policías las sogas que inmovilizan al animal. El matador cava un pozo en la tierra, cerca de la despistada vaca, que no adivina su destino. Deslizado el filo del puñal por el cuello del animal, la sangre brota a torrentes, siendo atajada por las mujeres en sus ollas ennegrecidas de hollín. Se ofrenda a la Pachamama arrojando sangre, vino y coca, en el pozo antes cavado. Luego, todos se disponen –cuchillo en mano- a desmembrar el cuerpo humeante de la vaca, que todavía suelta alguna patada.

Ante la noticia de la pronta venida del helicóptero, la Directora, con los niños y algunos rescatistas, suben al cerro del cementerio, donde aquel aterrizaría. Cargan espejos para hacerle señales al helicóptero.

Poco tiempo después salen del cuarto de la radio, otra vez angustiados, los desanimados jinetes dando la nueva mala: el helicóptero no vendrá. Por el clima o por la altura, no se entiende el motivo. Todos en la escuela están pendientes de lo que sucede en el cuarto de la radio, todos también, se alegran o apenan según el resultado de las negociaciones. Parece cada vez más próxima la otra alternativa: llevar al herido a pie, camilla al hombro, como lo hacen cada vez que algún paisano se accidenta por aquí.

Mientras continúan descuartizando a la vaca, vamos a descansar un rato en una lomita próxima a la escuela. Cerca nuestro, los policías cortan leña para el horno de barro. Van a hornear la cabeza.

A medida que transcurre la tarde, la atmósfera empieza a cubrirse de una ligera neblina. Los policías se distienden armando un breve torneo de fútbol, un cuadrangular. Me invitan a que forme parte de uno de los equipos. La temperatura empieza a descender a medida que el sol se esconde, pero mientras aún se vea la pelota, nadie parece percatarse de la llegada de la noche. Es la niebla, más que la escasa luz, la que nos impide la visión, dando por terminado el torneo. Ante los equipos de bomberos, policías e infantes –quienes con una que otra patada, no disimularon su antigua rivalidad- el equipo del rejunte: un niño, algunos policías y yo, surge victorioso. ¡Dale campeooon! ¡Dale campeooon!

Mientras intentaba jugar al futbol, Caro se hacía amiga de dos de las niñas de la escuela. En los descansos del torneo, escuchaba a las niñas intercambiarle canciones. Con sus vocecitas dulces de acento norteño, nos regalaron hermosas coplas.

Con la noche cada vez más firme, nos dedicamos a jugar con los niños en el patio de la escuela, Allí nos demuestran su necesidad de afecto o de expresarlo. A la dos niñas de hace un rato, se sumaron casi todos los alumnos de la escuela. La escuelita tiene solo ocho alumnos. Jugamos y charlamos largo rato. Caro despliega su almacén de juegos -tiene muchos sobrinos- con los que nos reímos largo rato. Mientras nuestros amiguitos nos piden que los alcemos y hagamos dar vueltas, observamos el movimiento del comedor preparándose para la cena.

Satisfechos, luego de la rica comida –un ahumado guiso de fideos– nos acomodamos en un cuarto, junto con la parte diezmada del grupo de jinetes. Nada ha cambiado de la situación del medio día, creciendo aún más la angustia por el oxígeno de los tubos que se está acabando.

Resguardados en la habitación, bajo varias y gruesas colchas, aprovechamos esta pasajera comodidad para recobrar fuerzas. Mañana temprano salimos hacia San Lucas, el penúltimo destino de nuestro recorrido.

DIA 5

La mañana es fría y luminosa. Ya se observa un constante movimiento en la escuela: los niños se preparan para ir a clases, los profesores para darlas, los rescatistas para comer la cabeza de la vaca –cocinada toda la noche en el horno de barro– la cocinera para servir el desayuno, los jinetes para trasportar al herido y nosotros para seguir. La Directora nos ayuda a todos con nuestras respectivas tareas.

Ya desayunamos, estando listos para partir. La Directora nos regaló algunos panes y alcohol para cocinar, también nos ofreció carne, pero no la aceptamos. Los ánimos cambiaron notablemente en la escuela, hace un rato se confirmó el rescate en helicóptero. Sonrisas de alivio se dibujan en las caras, aun nerviosas, de los accidentados jinetes.

Son como las diez de la mañana y dejamos la escuela rumbo a San Lucas. El camino se extiende serpenteante por el filo de los cerros, es como caminar por la columna de un gigante. A medida que avanzamos la vegetación se torna cada vez más verde y tupida, desde el camino se pueden observar las dos caras del cerro; de un lado amarillo y reseco, y del otro, verdoso y brillante.

A lo lejos, observamos de frente, diminuta, la escuela de Molulo. Llevamos como dos horas de caminata cuando vemos llegar al helicóptero a la improvisada pista de aterrizaje, cerro arriba de la escuela, en el cementerio. Para distinguir las minúsculas formas, nos ayudamos con el zoom de la cámara de fotos. Nos alegramos por el rescate y, aprovechando para descansar unos minutos, observamos los preparativos. Como parece que va a tardar –lo que nos demoraría– continuamos. Todavía estamos a una altura considerable, los cóndores, dueños de los cielos, que vemos planear entre los cerros, dan testimonio.

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La mañana está soleada, luminosa. Ni una nube se divisa en el cielo brillante. A solo diez metros, un cóndor acaba de sobrevolar nuestras cabezas. Siempre nos cuesta distinguirlos entre las aves grandes que solemos ver, pero su collar blanco es indiscutible. Una foto borrosa, pero distinguible, es la evidencia de nuestro avistaje.

Pasado el mediodía, paramos a almorzar el pan casero que nos regalaron en la escuela de Molulo. El paisaje es muy bonito, todos los cerros a nuestro alrededor se cubren de un verde claro y luminoso. El lugar elegido para el almuerzo es un pequeño prado rodeado de pircas de piedras viejas, verdosas de musgos. Del lugar desde donde se lo mire, el paisaje es inspirador. Son nuestros cuerpos cansados los que no nos dejan apreciarlo en toda su dimensión.

Luego del modesto almuerzo y de descansar unos minutos, continuamos. Según nos comentaron en Molulo, este trayecto es de unas seis horas. Pensamos que para nosotros, probablemente, sean algunas más. El camino es recto, lo que nos permite una marcha constante y tranquila. Siguiendo nuestro engañoso mapa –no muy bien interpretado en la jornada anterior– estamos próximos a una cuesta, que debemos descender.

Son como las cuatro de la tarde y creemos estar bajando la cuesta que dice el mapa. El verde claro que tapizaba los cerros hace un rato, cede ante un oscuro monte de árboles altos, por el cual nos sumergimos. Mientras bajamos, la humedad aumenta, siendo devorados por las nubes que nos separan de los rayos del sol. Bajamos y seguimos bajando. La humedad se siente en nuestros cuerpos y ropa, en la vegetación y en el suelo de tierra rojiza, por partes, resbaladiza. Cuando ya no descendemos más, después de un largo tiempo, empezamos a subir. El camino parece un angosto canal por donde bajan las aguas los días de lluvia. Siempre debe estar húmedo. Sumada a la estrechez del camino, la resbalosa arcilla roja, nos dificulta el ascenso. El calor que nos produce el desgaste físico de la subida, se potencia con la humedad del ambiente. Las mochilas cada vez son más pesadas. La subida zigzaguea de un lado para el otro. En cada cambio de dirección esperamos encontrar la cima del cerro. En cambio, aparece otra subida en dirección opuesta. Parece que no llegaremos nunca. Jadeantes y mojados, como todo en este verde y tupido monte, paramos cada vez más seguido a descansar los hombros y tomar aire. La cima no quiere aparecer. Cerca nuestro un par de pavas del monte, grandes y ruidosas, desvían por un momento nuestra atención. Unos metros más adelante, un águila negra de cabeza blanca, que yacía en el suelo, toma vuelo de manera apresurada y elegante, cuando me escucha venir por el camino.

Por fin llegamos a la cima. Un extraño portón, cerrado solo con pasador, se atraviesa en el camino. Lo pasamos y continuamos por un llano, rodeado de frondosos arbustos, llanas, plantas y árboles. Casi son las siete de la tarde y San Lucas no aparece, para colmo, las nubes que hasta ahora solo nos tapaban el sol, empiezan a descargar algunas de las gotas con las que nos amenazaron toda la tarde. Más que un cambio de dirección o una leve bajada, el camino no varía. Empezamos a pensar en acampar nuevamente en él, más ahora que la llovizna empieza a engordar. De repente, justo en el momento que decidimos acampar, escuchamos voces que se acercan. Son cuatro de los jinetes de la truncada cabalgata, que se quedaron en Molulo hasta el rescate de su compañero. Continúan su marcha sin parar. También pendientes de la proximidad de la noche, nos dicen que rescataron al herido en helicóptero y que debemos seguir, que desde el portón que cruzamos hace instantes, hasta San Lucas, son cuarenta minutos. En instantes, desaparecen entre la vegetación.

Dudamos si seguimos o acampamos, no queremos caminar de noche, el otro día no lo pasamos bien cuando no encontramos la escuela. Sin embargo, decidimos continuar. Estamos en ese momento del día en que no es ni tarde, ni noche. Con la última claridad, observamos algunas huellas de los gigantescos caballos que recién nos dejaron atrás. La noche nos sorprende caminando. Como si supiésemos donde pisamos, avanzamos rápido, apurados por llegar. Los cuarenta minutos ya pasaron y todavía no llegamos. Por otra parte, no sabemos a dónde llegar, cómo es el pueblo. Solo deseamos encontrar una casa donde nos den agua y nos dejen acampar. El entorno es mucho más alentador que el otro día: un camino ancho sin precipicios ni niebla. Agudizando la mirada, todavía algo se ve.

Ladridos de varios perros, nos hacen presumir la existencia próxima de alguna vivienda. Poco se ve, lo suficiente para distinguir de entre la noche, la silueta de una casita. Varios perros, petisos y flacos, acompañan nuestras palmas en el portón de la casa, con sus agudos ladridos. Al rato, como un espíritu, aparece de entre la noche una pequeña mujer. Parece tener más años que las montañas.

Estamos felices de haber llegado y de que la señora nos alquile una habitación. Mientras, nos prepara agua para tomar un té. Todavía nos queda un pedazo del pan de Molulo, si lo racionamos nos alcanza hasta mañana. Estamos abatidos; mañana es el último día para llegar a San Francisco. No paramos de repetirnos no volver a hacer tremenda caminata con semejante peso a cuestas. Cargamos con cosas que quién sabe cuándo usaremos. La computadora, seguro que ahora no, por ejemplo.

DIA 6

Hoy es el último día de caminata. Esta noche tenemos que dormir en San Francisco, punto de llegada de nuestra travesía. Pero no hay que adelantarse, por lo pronto, nos contentamos de conocer San Lucas, anoche imaginario. Los rayos del sol matutino, se cuelan entre las nubes. Iluminan el pueblito, llenándolo de magia.

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El camino empieza tranquilo. Nosotros también. Otra barrera que estamos a punto de cruzar. Al igual que cuando planeábamos el viaje en bicicleta, cuando comentábamos la idea de la caminata, no faltó aquel –siempre con buenas intenciones– que nos previniera de los peligros del camino e insistiera en convencernos de no hacerla. “Es imposible ir sin alguien que no sepa el camino”, nos decían. Otro objetivo que estamos por cumplir. Por mi parte, un deseo de la adolescencia, conocer estos maravillosos lugares, tan cerca de donde nací. Ahora lo estamos cumpliendo, aunque no estamos siendo muy conscientes de ello por el cansancio que cargamos. Ya queremos llegar.

Cada vez nos convencemos más de haber llegado a las yungas. Caminamos entre gigantescos árboles, enredados de llanas y otras varias especies más, que se hospedan en ellos. La tierra, se ve cada vez más fértil y colorada. A lo lejos, se escucha el rugir del río Santa Bárbara, al que nos tenemos que acercar. De los más altos árboles, reconocemos al cebil, muy conocido por sus semillas; las utilizaban –los antiguos pueblos de la región– para la preparación de pócimas con efectos alucinógenos, usadas en rituales.

Varios hilos de agua se cruzan en el camino, todos buscando al río a nuestra izquierda. En oportunidades, son arroyos que se descuelgan de los cerros en caídas de agua de varios metros. Según nuestro mapa, pasamos dos cascadas: la del Penión Hueco y la del Chorro Volador. Hace cuatro horas que estamos caminando; el río corre a nuestro lado. En algún momento, tiene que aparecer un puente para que lo crucemos. De allí, solo nos queda una subida, para llegar a la ruta que nos lleve a San Francisco.

Ya ha pasado el mediodía y todavía el río corre paralelo al camino. Un lugareño que pasa a caballo nos dice que estamos cerca y que a las cuatro de la tarde pasa el ómnibus que va para San Francisco. Desde que partimos y empezamos a interactuar con los lugareños, con quienes compartimos el mismo camino, nos dimos cuenta que manejamos otros parámetros de distancia. Aunque, esta vez, sentimos estar cada vez más cerca.

Rodeados de montañas cargadas de vida, verdes y brillantes, caminamos por el angosto camino de tierra rojiza. Son casi las tres de la tarde y todavía no llegamos al puente. Otro paisano, que acabamos de cruzar, nos dijo que ya no quedaba nada.

Estamos en el puente que cruza el río Santa Bárbara, son las tres y cuarto. Acabamos de comer el pan que nos quedaba e hicimos durar desde Molulo. Debemos apresurarnos si queremos alcanzar el ómnibus. Solo nos queda una subida para la ruta.

Las ganas de llegar apresuran nuestros pasos, dándoles una vitalidad renovada. Caro, que venía caminando cada vez con mayor dificultad, por el dolor de rodillas, arremete con potencia contra la cuesta, dejando la última energía en el esfuerzo. Yo también acelero mi marcha para llegar lo antes posible y no perder el transporte, que pasa una sola vez al día.

A veinte metros de la ruta, escuchamos, desde abajo, al ómnibus llegando a la parada con una puntualidad extraña a estas tierras. Gritamos que nos espere, respondiendo al aviso de un hombre que también lo espera y nos anoticia de su arribo –es el mismo que nos cruzamos hace unos minutos y nos dijo que estábamos cerca del puente–.

El ómnibus aguarda hasta que subimos. Cargamos torpemente las mochilas, ya sin fuerzas en los brazos, ayudados por el chofer que nos pregunta sobre nuestro destino. Dudamos un momento entre San Francisco o la casa del Guardaparques en Calilegua, con quien hablé días atrás. Nos decidimos por el último.

Acomodados en los últimos asientos, nos miramos exhaustos y contentos. La empinada subida, que trepamos casi corriendo para alcanzar al ómnibus, puso una dosis de adrenalina que nos excitó y ahora hace más profunda la relajación de haber llegado. Somos dos muñecos de trapo, inmóviles, pero por dentro saltamos de alegría: ¡llegamos, llegamos!

Desde la parada hay como treinta minutos hasta San Francisco y dos horas a Calilegua. El camino es impactante, una serpenteante –única forma que tienen los caminos para contornear estas montañas– ruta de tierra, rodeada por cerros cargados de selva. Me parece un paisaje ajeno a Jujuy, incluso a la Argentina. Me asombra tanto el lugar, como mi ignorancia –que seguro no es solo mía– sobre su existencia. Me hace recordar una película, de esas destinadas a gustarles a todos y recaudar millones: La Esmeralda Perdida. La parte en que la protagonista sube a un viejo, sucio y destartalado ómnibus lleno de lugareños con animales, en la selva colombiana.

Similar es en el que andamos. Su estrepitoso motor y el ruido de sus chapas y asientos, que parece que se van a desarmar por el temblor que produce el estado del camino, sellan en nuestra memoria, de una manera imborrable, el momento de la llegada de nuestra travesía.

San Francisco, está a varios metros más sobre el nivel del mar que Calilegua, por lo que el camino es todo en bajada. Las nubes, atrapan al ómnibus, mojando y cegándolo por algunos instantes. Es increíble como este destartalado vehículo, se mueve ágilmente por el sinuoso camino.

Avisado de nuestro destino, al cabo de dos horas desde la parada, el chofer para, indicándonos la casa del Guardaparques. La lluvia está empezando a engordar cuando llamamos con las palmas. Solo pensamos en bañarnos, comer algo y descansar. Del interior sale un joven a nuestro encuentro. ¡Llegamos! Acabamos de concluir un capítulo más de nuestra gran aventura. De ahora en más, otra es la travesía que empieza a escribirse en estas páginas. Entonces ¡hasta la próxima!

Fin

                                                Galopamundos

CAMINANDO POR LAS NUBES EN PDF

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2 comentarios en “Caminando por las nubes

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