Volviendo a Rodar

Paredes blancas y gruesas de adobe, encierran un mundo paralelo. Allí, un posadero y su familia, reciben a los viajeros. Un lugar de descanso en la ruta del forastero. Se vuelve en el tiempo, a los caminos del medioevo. A las postas coloniales, al refugio de los chasquis. Ya no hay caballos ni mulas, hoy no se tiran carretas. Los que van y vienen montan, pero ahora bicicletas.

De diversas nacionalidades, y de caminos también diversos, se reúnen en Tumbaco e intercambian experiencias. Hablan de rutas y de otras postas, de sus corceles de aluminio o acero. Cuentan sus aventuras, y retoman sus fuerzas.

Santiago, el posadero, arregla las bicicletas y los llena de consejos. Nutrido de los viajeros, reproduce sus historias. Y las noches se hacen largas y los días quedan cortos. En esta posta especial, su vida también lo es. Su taller es pequeño. Y su corazón inmenso.

Cotacachi, miércoles 01 de abril de 2015.

Hace tres semanas y un día que llegamos, y nada menos que en bicicletas. Dos días tardamos desde Tumbaco. No fue tan duro retomar el camino. Sí, fue placentero. Deslizarse por el pavimento, sentir el viento. Llegar, subir, bajar… cansancio que se disfruta.

Imbabura: un mundo nuevo. Cultura viva del Ecuador. Mujeres y hombres orgullosos, amables, bondadosos. Larguísimos collares de esferas doradas, envuelven y adornan los cuellos de ellas. Faldas largas y angostas multiplican sus pasos. Ellos son más discretos. Monocromático su atuendo. De larga cabellera trenzada, hasta los niños la llevan pulcra, sagrada. De un lado el Taita Imbabura, del otro, la Mama Cotacachi.

Seguimos rodando…

El camino está empedrado y en partes muy empinado. ¡Hay un vuelco! Patas arriba quedó la compañera. Como la tortuga, bautizó a su bicicleta.

Después de la subida, bajamos suavemente por agradables paisajes. Rodeados por enormes montañas, rodamos por los Andes. Bordeando el volcán Cotacachi, llegamos a Tumbabiro. El Imbabura siempre estuvo presente, y cuando estuvimos bien altos, apareció el Cayambe. Se oscureció el cielo y se prendieron las estrellas, la noche brilla y se puso fresca.

La ruta sigue bajando. La pendiente continúa hasta el Valle del Chota. La carretera se convirtió en un río, gris… ondulante. La corriente nos arrastra entre campos de caña. La sombra de un gallinazo, vuela por el pavimento. Es como volar juntos, pienso, mientras sigo navegando… Y de nuevo me abstraigo del camino. Algo que me suele pasar, cuando la bicicleta empieza a volar. Son segundos, un instante. ¡Plash! La burbuja explota. Otra vez en este mundo. Un ruido, un auto, un camión o una moto. O la hermosura del entorno, me despiertan del sueño y me hacen caer en otro, pero esta vez más atento.

Habiendo bajado todo, ahora toca la subida. ¡Vamos!  ¡Vamos que llegamos! ¡Hasta Mira no paramos!

El Sol se multiplica en la sequedad de la tierra. Montañas pálidas se elevan. Entre ellas el camino, un hilo gris que se pierde entre cimas amarillentas. Todo se baña en luz, que con el correr de la mañana, va convirtiéndose en calor.

Montados en las bicicletas, la pendiente no es tan marcada, pero sí muy extensa. Diez y seis kilómetros, marcaba aquel cartel.

Buscando el ritmo… pedaleo.

este piñón, este plato.

Atento con la respiración…

inspirar por la nariz.

Y seguir… y seguir…

Entrar en una armonía, intentarlo.

Avanzar por el camino.

Sentir que lo estoy logrando.

Y seguir… y seguir…

Los metros se multiplican de a poco. De a poco se avanza, se hacen kilómetros.

El tiempo transcurre y aparece el cansancio. El sol se hace más grande y su calor más intenso. Comienza la fatiga, el dolor en las piernas. Parece que no avanzamos. La cuesta se hace infinita. La espalda, las manos, el cuello. El sudor en los ojos, arde. Se me escapa el aire… pierdo el ritmo.

¡Quiero llegar! ¿Quién me mandó en bicicleta? Los músculos, duros, tensos. La boca pastosa, seca. El cuerpo entero me late, caliente. La voluntad trastabilla, cuando después de cada curva, aparece otra subida. Que trepada larga, la mierda.

Las fuerzas nos abandonan, o más bien, ya las gastamos. La panza también lo siente y grita que tiene hambre.

Con la última energía que mantiene la cercanía, pedaleamos con deseo. Se interpone un aguacero. Y de repente… ¡los bomberos! Y el amor a la bicicleta, que nos trajo volando.

Otro día se despliega por la negra carretera. “Hacia el Ángel es todo subida”, dicen. “Ya es páramo, hace frío”. Y nosotros, que seguimos cansados de ayer.

El cielo se despertó limpio, brillante. Mis piernas están tiesas. Cuesta arrancar. Un lento y constante pedalear va calentando mi cuerpo. Los músculos se ablandan. Reaparece la fuerza.

Jornada tranquila, placentero el camino. Imágenes inolvidables de la cima de los Andes. Tres volcanes a la vez, nos regaló el paisaje.

Otro sol emerge. Una nueva aventura y qué nos deparará el día. Veloces en la bajada, rápido se acorta la distancia. Como afluente de un río, el camino por el que andamos, se sumerge en la caudalosa ruta Panamericana.

En el Carchi predominan los sembradíos de papa. Entre campos cuadriculados crecen y  multiplican. También hay mucha cebolla, y movida por la brisa, la colorida y rica quinua. Rodeado por los cultivos, aparece San Gabriel, otro de nuestros destinos.

Somos tres, se sumó una compañera. Junto a ella el “cachay”, “la raja”, historias de Rapa Nui y de los Mapuches del sur.

Hay que seguir un poco más por la congestionada carretera. En Julio Andrade tomar una bifurcación, donde el tránsito es escaso. Vamos al Oriente por un solitario camino, solo para nosotros. Nuestras serán las tupidas montañas, las cascadas que se descuelgan. Nuestros serán los ríos, los pájaros. Y las nubes que atrapan todo, en ese mundo impreciso, mezcla de selva y montaña.

Hubo una fuerte subida, con pinchadura incluida. Luego una placentera bajada. Empezamos a sentir la transición. Descender de los secos y altos Andes, hacia la baja Amazonía

La tarde vive sus últimos minutos, los últimos rayos caen antes del ocaso. Ese instante en que el sol no quema y su calor se trasforma en una suave caricia. Mientras… llegamos al Carmelo. Todo brilla suavemente. El paisaje ha cambiado, ahora reina el verde.

Y la lluvia se hizo presente. Poco nos dejó avanzar. No solo cambia el paisaje, también es otro clima. Aquí abunda la humedad, que a todo llena de vida. ¡Encontramos hospedaje!, mañana será otro día.

Las nubes todavía están, pero ya no llueve. Entonces… nos aventuramos.

Desde el Carmelo, el asfalto es reemplazado por tierra, piedras y barro. Santa Bárbara, la Bonita: todo es bajada repiten, pero sabemos que habrán subidas. Por otras tierras ya hemos sentido, estas selvas montañosas, que crecen y se dispersan, bordeando los Andes, columna de Sudamérica.

Un río separa las voluptuosas montañas; como si fuesen distintas, del otro lado son Colombia. A lo lejos se adivinan, escondidas detrás de la frondosa vegetación, cascadas de espuma blanca. Que como hilos de araña, se descuelgan hacia el río.

El camino exige, más de lo acostumbrado, mi atención. La bajada es movidita. Se divierte y pone a prueba mi pericia. No todo es tan bonito. Si no se quiere comer las piedras, se requiere algo de diligencia.

Llegando a Puerto Libre, aparecen las planicies. Desde una de las últimas cuestas, mirando para el oriente, se extiende un mar latente, de pura vegetación: la Amazonía. ¡Que emoción! El calor es más intenso, la fresca brisa quedó atrás. Desde ahora otro será el clima. Seguimos hacia adelante.

Ojo que no me olvido. La gente es muy importante. Hasta aquí apareció mucha. Cálida, amable. Hugo y su familia en el Carchi, hospitalarios bomberos en Mira y el Ángel. Muchos vecinos atentos. En Puerto Libre, por ejemplo, un artista -que sin cambiar la forma de los árboles, los convierte en obras de arte-, nos hospedó en su casa, curioso y risueño.

El camino es plano, sin curvas ni subidas. Alguna que otra austera casa aparece por ahí. Muchos árboles y palmas. Cuando nos cruzamos perros, nos ladran. A las vacas también les llamamos la atención. Ya observe a varias girar su mirada, siguiéndonos.

Ya empalmamos con la otra carretera, esa que vienen desde Quito, a través de Papallacta. El tránsito vuelve a ser intenso. Pasan muchos camiones, directo a Lago Agrio: van en busca de petróleo. Por un extenso y gordo caño, que corre paralelo a nosotros, también se extrae, el codiciado oro negro.

El calor en estas tierras bajas, se hace sentir el doble. Pasamos por Cascales y llegamos a Lago Agrio. Poco nos queda hasta la frontera.

Amanecimos muy entusiasmados. Algunos kilómetros más y Colombia. Cuánto oímos de su gente, de sus hermosos paisajes. Con muchas expectativas nos despedimos de Ecuador, que con nuestra partida soltó más de un lagrimón. El agua empieza a menguar cuando, empapados, llegamos a la frontera. Trámites y papeleo. Multa por excedernos. Casi un año es mucho tiempo para las normas migratorias. Pero con tan linda gente, que nos trató tan bien, y los lugares inolvidables… Fue como una obligación, desobedecer esas leyes.

Dos kilómetros… y el puente internacional. Y el sol que empieza a alumbrar. La carretera se calienta. Psssshhhhh… ¡Otra vez la cubierta! Con el ajetreado camino y el peso de la carga, quedó delgada como una hostia.

Rodando en suelo colombiano, aparecen algunos tanques. Al costado del camino, se levantan trincheras de costales. Militares por todas partes. ¿Dónde estamos?, nos preguntamos. Entre las recomendaciones de siempre, se sumaron estas nuevas: “Por ahí no vayan, es peligroso”. “Es territorio de la guerrilla”. Aprendidos y acostumbrados, desoímos consejos que paralizan. Solo nos fiamos de aquellos que realmente, andan y conocen la zona. A ellos les preguntamos y contestaron que todo bien: “Ahora está tranquilo. Feo, era antes”.

Pero este escenario bélico, nos produjo sensaciones extrañas. Ahora andamos bien atentos, ojos y oídos despiertos. Y entonces… psssshhhhh… Con esta llanta no avanzo, debo cambiarla urgente. Paro un camión y que me lleve al próximo pueblo. ¡Huy! Debo separarme. El primer camión que pasa, para. Chicas, nos vemos en La Dorada.

Con cubierta nueva nos reencontramos, y la jornada termina en los bomberos de La Hormiga.

No quiero aburrirlos con las mismas palabras, pero ellas aparecen solas: camino, viento, magia. Tampoco son las rimas voluntarias. Hasta ellas… me lleva este viaje.

Continuando con el relato… Primera noche en Colombia. Nuevo, distinto, extraño: el destino de mis reflexiones. Jornada rara: militares, caminos hechos mierda; la gente se acuesta más tarde, es más ruidosa. ¿Tan eficaces son las fronteras para marcar diferencias?, ¿para crearlas? ¿Alguien muere por una bandera? ¿Será que somos iguales?

Mientras terminamos de armar las alforjas en el cuartel, aparecen las primeras arepas. Ya las habíamos probado antes, pero son distintas aquí en Colombia: deliciosas. Uno de los bomberos nos recomienda otro camino, uno nuevo. Que por ahí nos ahorraríamos tiempo y kilómetros para llegar a Puerto Asís. Entonces por ahí vamos, contestamos.

Por la maltratada carretera, llegamos hasta el Tigre. Allí desviamos hacia la derecha, por un camino de tierra. Luego de algunos claros en el paisaje aparece el monte. A nuestros lados, pura vegetación, y muy de vez en cuando, alguna casa. Lo que abunda, son los camiones. Que circulan como trenes por el angosto y poseado camino. Entre medio de la escenografía, camuflados, los militares… vigilando. Cuidan al petróleo que llevan los camiones. La gente… se cuida sola. Los beneficios de esta exhaustiva extracción, no están en el Putumayo. El negocio de la guerra y la violencia.

De repente el cielo se oscureció. Caen algunas gotas y en minutos, un tremendo chaparrón. Estando bien mojados, encontramos un refugio y esperamos que escampe. Pasó más de una hora y la cortina de agua se pone blanca, llueve más, con más fuerza. Como comenzó, para… de repente. Se adelanta la nueva compañera, la chilena, Bea. Nos quedamos un momento ajustando las alforjas, movidas por el traqueteo.

Las nubes siguen rondando, grises, amenazantes. Aprovechando la tregua, apresuramos nuestro paso. La espera nos demoró y eso también nos apura. Un grupo de militares nos para, curiosos, sorprendidos. Dicen, mientras preguntan, que nuestra compañera pasó hace rato. La mayoría son jóvenes, la primera línea. Gente del pueblo, sus hijos. Los que deciden, no están en la selva.

El cielo se vuelve a cubrir. Caen gotas minúsculas que prometen engordar. Más nos apuramos. Pequeñas bajadas y subidas, rompen la monotonía. El barro, las piedras, el agua que empieza a crecer y el monte acechante, agregan emoción a la travesía. La lluvia moja todo: al camino, a nosotros. Nuestros lentes transparentes se empañan, como si nuestros ojos también sudaran. Volamos salpicando piedritas y tierra.

Pasa el tiempo y seguimos a buen ritmo. Ya no llueve y hasta el sol quiere salir a ver.  No aparece el destino: Campo Alegre. Allí donde hay que doblar para llegar a un pueblo, pasar el río, y estar en Puerto Asís. Tampoco aparece la compañera. Empezamos a preguntarnos por ella: ¿seguirá adelante?, ¿la habremos pasado?, ¿sin verla? Surgen caseríos, siguen los camiones transitando pesadamente el camino. Siempre presentes al costado del camino: los militares.

Alrededor de seis de estos, forman una especie de control sobre la ruta. Allí paramos a ser amablemente interrogados. También están sorprendidos de vernos. Nunca vieron ciclistas por aquí, nos comentan. ¡Bea no pasó!, significa eso. Nos confirman que somos los primeros que pasan en bicicleta, en “cicla”, dicen en Colombia.

Llegamos al pueblo donde se cruza el río Putumayo. En botes largos, cargamos las bicicletas junto como a seis motos.

Estamos en Puerto Asís. En los botes de este lado, tampoco vieron a Bea. Vamos a los bomberos, quienes nos confirman que no llegó ningún ciclista. Pedimos hospedaje, nos lo niegan. Empieza a escalar la inquietud. Que nos permitan dejar las bicis mientras vamos a preguntar a la policía. Que allí nos digan que hacer.

Ante nuestra situación, fue extraña la respuesta: mezcla de atención e indiferencia. Nos llevaron hasta el batallón de los militares. Me pasaron al comandante no sé qué por teléfono. Que lo llame mañana para novedades. Que la habían visto en tal lado –bastante antes de Campo Alegre–. Que la zona era peligrosa. Que Colombia era hermosa, pero la guerrilla…

Volvimos a los bomberos. Les explicamos la situación, nuestra preocupación por la compañera. Luego de varias vueltas, y de haberles dejado claro nuestra desilusión con la institución, nos dejan pasar la noche. Y ahora… a dormir, en una especie de garaje, cansado el cuerpo y la cabeza.

Despertamos temprano, luego de volver de un sueño profundo adonde nos llevó el cansancio. Desayunamos y al puerto. Preguntamos en los botes. Dicen que la vieron. “Maletas grises y casco. Pasó hace una hora”. ¿Será?, nos preguntamos. Otro que llega dice: “Salía del pueblo. Llevaba casco y maletas rojas”. ¡Es ella!

En el cuartel, hablamos por teléfono con Bea. Nos aliviamos. Se le había hecho de noche y acampó en lo de una familia. Está como a dos pueblos camino a Mocoa. Para nosotros ya es tarde para salir. El jefe de los bomberos, amablemente, nos deja quedar otra noche. Aparece Javier, nos invita un cuarto en su pensión. Río, arepas, avistaje de aves… ir a buscar monos. Cuatro días en Puerto Asís.

Sigue lacio el horizonte de la selva. A los márgenes del camino, el hombre ha dibujado el entorno, lo ha modificado. Casas, fincas, vacas y sembradíos se anteponen al monte, que queda allá lejos, verde y luminoso. Volvemos a ser dos. El destino de esta nueva etapa, nuevamente en bicicletas, se siente cada vez más cerca. Diez y seis días nos separan de Cotacachi, más de treinta de Tumbaco. Cuánto quedará hasta San Agustín.

Jornada tranquila. El sol estuvo agradable. Llegamos a Villa Garzón; encontramos hospedaje. Y ahí nomás, las nubes desataron a las gotas. Mientras comemos, degustando panificación colombiana, llueve copiosamente.

Mocoa queda a veintitantos kilómetros. Es la capital del departamento Putumayo, y donde se empieza a subir: si se va hacia Sibundoy, al oeste, o si se sigue al norte, como para San Agustín. Más nos acercamos, más ganas nos dan de llegar. Las montañas verdes, cargadas de vegetación, se elevan a lo lejos. Hacia allí vamos nosotros.

Volviendo a las montañas, pero a un lugar nuevo, atravesamos Mocoa y paramos en una pequeña escuela, como diez kilómetros más adelante. Allí, una familia inga, nativos de esta tierra, nos hospedan. Aparecen los niños, curiosos, y el agua de panela. Con el hambre y el sabor a leña, es aún más deliciosa. Un hombre mayor se acerca. Caída la noche nos conversa: que son ingas y que cada vez tenían menos tradición, por olvido, por vergüenza. Que él ya no habla el idioma, que el trabajo estaba duro en el campo. Habla, y nosotros escuchamos. Mientras, la noche se hace más negra. No anduvimos mucho, pero el sueño igual se acerca.

Cargados de chontaduro –fruto de la palma de chonta– que nos regalan en la escuela, partimos hacia San Juan de Villalobos, penúltimo punto en el mapa, antes de San Agustín. El paisaje siempre hermoso: ríos, arroyos y montañas. Nuevamente… llueve. Paramos en una pequeña casita de madera, al costado de la ruta, a esperar que mengüe un poco. Del interior, una mujer muy mayor, se acerca. Nos trae sillas, más chontaduro, sal y un cuchillo. Al rato, vuelve con chicha, también del mismo fruto. ¡Riquísima!

Trepamos por asfalto, rodeados por montañas cargadas de árboles altos y bejucos. El camino, otra vez se inclina. Vuelven las subidas. Hicimos entre sesenta y setenta kilómetros. Estamos cansados. Una cuesta en particular, nos hizo transpirar. Estamos en San Juan. Conseguimos alojamiento en la iglesia. Hicimos dos amigos nuevos. Y comimos unas ricas arepas.

Desayunamos y partimos. Otra subida nos espera. Algo así como ayer, pero un poco más tranquilo, nos comentan. Ayer fue duro, espero sea como dicen.

Efectivamente, seguimos subiendo. Y es como dicen, pero bastante más tranquilo. Termina la subida, y otro puesto militar. Allí es el límite departamental. De este lado es el Cauca, bajando empieza el Huila.

Baja… baja… y sigue bajando. Cómo disfrutamos la bajada. El sol del mediodía ilumina fuertemente las laderas de los cerros, cargadas de café. También brillan los bananos. Seguimos bajando.

Almorzamos en Bruselas. No conseguimos alojamiento, seguimos para Pitalito. Hace calor. En Pitalito tampoco conseguimos hospedaje. Tercer no de los bomberos en Colombia. Seguimos camino a San Agustín. Seguimos para adelante.

En la vereda (localidad) Contador, pedimos un lugar para armar la carpa. Es una antigua escuela ocupada por una numerosísima familia, con hijos, sobrinos y nietos. Los niños nos observan armar la carpa mientras preguntan: “¿Dónde queda Argentina? ¿Desde allá vienen en cicla?”. Los hermanos y tíos mayores salen, es viernes. Los niños repiten lo que dicen las madres: “Ya van a gastarse el sueldo, a tomarse”. No hay agua desde la mañana, no podemos bañarnos. Sucios, pegoteados y con sueño, dormimos la última noche antes de llegar, al destino final.

El día comienza pleno, ideal. Desde el inicio. Desde que abrí los ojos en la carpa y me di cuenta que hoy era el día: que hoy llegaríamos a San Agustín, la primera meta (primera de tantas primeras metas).

Hay sol. Es domingo y es temprano. Se nota el día en el movimiento. Desayunamos arepas –son tan ricas– y partimos. Nos separan menos de treinta kilómetros. Vamos tranquilos. Uno se acostumbra al entorno. Ya no se asombra con las montañas, pienso abstraído, cuando se cruza una mariposa fantástica. Y me asombro. Y vuelvo a mirar a las montañas, verdes y reverberantes bajo el fuerte sol de la mañana.

Por este horizonte que es la carretera. Que baila, se inclina, sube y baja. Que parece plano pero sube, parece que sube y baja. Por este horizonte, que ahora es subida –y una bien fuerte– avanzamos. Es la última prueba que nos toma el camino. Ese último esfuerzo que se nos exige para regalarnos la recompensa. Somos conscientes, estamos tan cerca.

La subida es pronunciada. El sol, también se acerca. Ardor en los ojos. Volver a respirar, concentrarme, buscar el ritmo. Trepando el cerro vemos agrandarse la quebrada. Vemos su extensión desde arriba. El Magdalena está allá abajo. Y allá lejos se pierde. Luego será tan distinto. Será lindo volver a encontrarlo, seguro yo también habré cambiado.

No estamos cansados. Todo lo contrario, estamos radiantes. ¡Hemos llegado! Vivimos una situación extraña, asombrosa. Un placer tan intenso produce alcanzar la meta. A veces uno piensa que no va a llegar, lograrlo es magia. Me siento extasiado. Miro su cara sonriente, relajada, y también vivo su éxtasis. También está contenta. Y no es para menos. Al fin y nuevamente, hemos llegado.

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