ECUADOR VERDE ESMERALDAS

Entonces allá vamos… hacia Ecuador, viajando en el espacio y el tiempo. A cinco años de distancia y unos miles de kilómetros. Un fragmento de nuestra vida por las frondosas y coloridas costas del norte de aquel hermoso país.

Llegamos los últimos días de julio de 2014 provenientes de Olón, con parada técnica de una noche en Canoas; llegamos a dedo.

Por las selvas, las montañas, los mares y los cielos.
Por este mundo y los infinitos paralelos.
A pie, en bici o haciendo dedo,
con MAGIA en las mochilas, viajamos conociendo.

Al sur de la provincia de Esmeraldas, verde como su nombre, Ecuador otra vez nos sorprendía. Nos resultaba increíble como en pocos kilómetros los cambios eran tan marcados. Un país pequeño, para las grandes dimensiones de América, nos deslumbraba con su diversidad en paisajes y culturas.

En la provincia se concentra la vivaz cultura
afro ecuatoriana. Desde hace casi cuatrocientos años.
Desde el naufragio de un barco cargado de esclavos,
que llegaron libres a las costas esmeraldeñas.
También, una de los últimos pueblos nativos del litoral ecuatoriano,
los chachis, quienes viven en las densas selvas y se mueven
con sus canoas por ríos caudalosos que buscan el mar.

En aquel hermoso rincón, entre el mar y la selva, buscamos y encontramos una casita donde recibir a mi madre y pasar poco más de un mes.

Mompiche, domingo 03 de agosto de 2014.

EN UNA CASA

Estamos en una casa. De vuelta en una casa, no una habitación, no la carpa. No una casa prestada, sino una para nosotros, para que la ordenemos y desacomodemos. Algo temporario,  necesario para generar un espacio cómodo donde descansar los pies y el cuerpo –incluidísima la cabeza- para poder seguir caminando.

Está llena de puertas y ventanas, parecen cientas. Estas tienen muchas trabas, algunas parecen trampas pícaras e inofensivas, juegos de ingenio, del anterior inquilino. En toda la casa se ve su sello.

Si se abren, son cientas miradas. Paisajes y momentos distintos. Otra luz, otro verde. Otra ventana.

De bambú y madera, rechina y cruje con el viento. Agosto la azota, aunque todavía suavemente.

El mar brama a solo dos cuadras. Grandes buitres suben a los techos. Pequeños gorriones rojos se paran en la verja. Un abejorro negro nos visita al medio dia. Adentro de la casa, festejan las hormigas.

Nos rodea un patio arenoso y verde. Aún no ha sido exhaustivamente explorado. Solo he paseado mirándolo por arriba. ¡Tenemos tomatillos! Pequeñas bolas rojas de explosivo sabor a tomate. Y muchas… muchas cosas más.

Me reservo varias líneas para seguir retratándola, mientras la voy conociendo.

Y allí practicaba con la guitarra, que poco más de un mes antes me trajera Susana, la mamá de Caro. Y hasta le escribí una canción.

MI GUITARRA VIAJERA

Hace poco, llegó una compañera.
Vino viajando para hacerse viajera.

Desde Jujuy a Córdoba por tierra,
desde allí, hasta Ecuador, en avión.

Ahora andará a pie conmigo o,
de camión en camión.

Entre la caja, los trastes y las cuerdas
tierra de mi casa, la de mi vieja.

Y dentro suyo música que yo, le sacaré.

Los días pasaban, muchos nublados. Nosotros felices disfrutando la vida en la playa, la visita de mi madre y de la naturaleza.

Cantan y vuelan. Comen y vuelan. Cagan y vuelan. Vuelan y vuelan alrededor nuestro. Se paran en los cercos. Los hay de todos los tamaños y de plumajes de colores diversos. Sus cantos también son variados, también varia su vuelo. Los pequeños son ruidosos y de rápidos movimientos. Los grandes, mudos y toscos. Los gallinazos son negros. Azules, amarillos, rojos y verdes los gorriones. Nos regalan sus canciones y dibujos en los cielos.

Como en toda la costa, muchos y mucha variedad en pescados y mariscos. En el Sol de Oro (la República del Encocado), donde trabajamos dándonos el gusto de probar alguna de sus especialidades, nos deleitamos con aquella exquisita receta.

También podíamos conseguir pescado fresco, en los botes de pescadores. Donde ofrecían desde grandes pescados hasta cangrejos, langostinos y langostas. Todo el día se pescaba en Mompiche. Los botes llegaban a la mañana temprano, entre siete a ocho, o a la tarde noche, desde las siete. Si uno ayudaba a mover el bote o lo que necesitaban, ligabas algo.

Peces, pescados y pescadores.
Pájaros y pajaritos.
Selva, cielo y mar.
Y también… muchos mosquitos.

Luego, satisfechos de playa, mar y selva, partimos hacia la sierra, hacia la capital de aquel pequeño gran país, hacia Quito… pero esa, es otra historia.

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