SAN AGUSTÍN. COLOMBIA

Llegamos a comienzos de mayo de 2015, en bicicletas, ciclas en Colombia. Luego de una larga travesía de diecisiete días desde los Andes ecuatorianos, atravesando una parte de la inmensa Amazonía. Por el Putumayo, hermoso…

El día comienza pleno, ideal (Extracto de “Volviendo a rodar”).

Hay sol. Es domingo y es temprano. Se nota el día en el movimiento. Desayunamos arepas –son tan ricas– y partimos. Nos separan menos de treinta kilómetros. Vamos tranquilos. Uno se acostumbra al entorno. Ya no se asombra con las montañas, pienso abstraído, cuando se cruza una mariposa fantástica. Y me asombro. Y vuelvo a mirar a las montañas, verdes y reverberantes bajo el fuerte sol de la mañana.

Por este horizonte que es la carretera. Que baila, se inclina, sube y baja. Que parece plano pero sube, parece que sube y baja. Por este horizonte, que ahora es subida –y una bien fuerte– avanzamos. Es la última prueba que nos toma el camino. Ese último esfuerzo que se nos exige para regalarnos la recompensa. Somos conscientes, estamos tan cerca.

La subida es pronunciada. El sol, también se acerca. Ardor en los ojos. Volver a respirar, concentrarme, buscar el ritmo. Trepando el cerro vemos agrandarse la quebrada. Vemos su extensión desde arriba. El Magdalena está allá abajo. Y allá lejos se pierde. Luego será tan distinto. Será lindo volver a encontrarlo, seguro yo también habré cambiado.

No estamos cansados. Todo lo contrario, estamos radiantes. ¡Hemos llegado! Vivimos una situación extraña, asombrosa. Un placer tan intenso produce alcanzar la meta. A veces uno piensa que no va a llegar, lograrlo es magia. Me siento extasiado. Miro su cara sonriente, relajada, y también vivo su éxtasis. También está contenta. Y no es para menos. Al fin y nuevamente, hemos llegado.

Increíble lugar de energías radiantes y luminosas que se desprenden de su follaje verde de café, plátano, guamas, guayabas y demás exuberancias.

Se ubica en las faldas de los Andes, cerca de un nudo montañoso donde la cordillera se parte, separándose en tres. Allí, en el Macizo Colombiano, nacen los más importantes ríos del país que corren en direcciones diversas regando valles y selvas, hasta morir en el Pacífico, el Caribe y el Amazonas. Como el emblemático río Magdalena, el más largo de Colombia, que en San Agustín encuentra su cauce más angosto. Un miércoles visitamos el “estrecho”, donde aquel río tiene menos de tres metros de ancho, registrando nuestro visita.

Nos quedamos como un mes en una hermosa finca rodeados de naturaleza, una antigua casa de ciclistas. Donde pudimos reponernos de la extenuante travesía reciente e inmortalizarla en escritos y dibujos (Volviendo a rodar); darle vida a tres capítulos de Registrando Nuestros Días, hacer trabajos de postales y hasta intercambiar equipamiento por un mural.

Junio de 2015

En el camino de las postas, apareció una en San Agustín. La casa estaba descansando de recibir a viajeros, pero nos recibió a nosotros. Aún sigue funcionando. Tiene ventanas que son aros de bicicletas. Bielas y pedales, las manijas de las puertas. Por las paredes ruedan simpáticos animalitos. La rodean caimos, guabas, naranjas y guayabas. En la habitación hay un cielo y muchísimas estrellas. Y cuando nos lavamos los dientes, un sol nos mira sonriente.

Camino al Parque Arqueológico, en unas pequeñas panaderías sobre la ruta, donde también se puede tomar un tinto (el Huila es uno de los mayores productores de café del país), con arepas es una combinación perfecta, probamos unos pancitos deliciosos de arracacha -una especie de papa dulzona- otro descubrimiento increíble.

DOMINGO

De forma, parece papa.
Es un tubérculo ciertamente.
En algunas partes creo,
le dicen zanahoria blanca.
En Colombia, la llaman arracacha.
Con este descubrimiento, ¡hagamos un experimento!
Se siente domingo en el viento.
En la mesa un vino toma aire.
Platos, copas y cubiertos.
Los ñoquis están humeando.
¡Muchas gracias! Buen Provecho.

En el pueblo pocas calles conservan aún la arquitectura colonial. Una en particular, que sube desde la plaza, muestra sus radiantes y blancas fachadas de puertas y balcones verdes y techos de tejas coloradas. Otro lugar de gran interés para apreciar la cultura del lugar es la feria, como en el Huila se llama al mercado. En especial los días lunes.

El Parque Arqueológico es de visita obligada. Allí se aprecia el legado de un pueblo del que poco se sabe y mucho se especula: el Pueblo Escultor. Enormes estatuas de piedra volcánica, elaboradas con una maestría inigualable, donde se adivina el culto y la forma en que aquellos pobladores concebían la vida y el universo. En toda la región yacen las fantásticas esculturas. En el  Tablón y la Chaquira, en una hermosa quebrada sobre el río Magdalena; La Pelota y el Purutal, donde están las únicas estatuas pintadas; el parque de Isnos, entre otros muchos yacimientos.

San Agustín, en el departamento del Huila, al sur de Colombia. Uno de aquellos hermosos y mágicos rincones de Latinoamérica que tuvimos la suerte de visitar y saborear en nuestro recorrido.

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